Así como ocurre en las grandes
librerías actuales, en muchas bibliotecas públicas encontramos que quienes nos
atienden no saben mucho de libros y menos sobre sus autores, sus prestigios,
sus temas, y sus cualidades.
Por esta devaluación lectora que
en general afecta a nuestra población solamente en aquellas bibliotecas que aún
cuenten entre sus colaboradores personas que,
además de buscar libros en los estantes guiándose por una serie de
números ordenada según los parámetros de la llamada ciencia de los bibliotecarios,
sepan leer y lo hagan por hábito, podremos obtener la recomendación, cuando
preguntemos por un buen libro sobre San Martín, de leer la historia de Mitre,
recomendación acompañada por el reconocimiento de ser “un clásico”, es decir,
aquello que debe ser tomado en cuenta so pena de perderse el conocimiento de
muchos aspectos del asunto que nos preocupa.
Leer los tres volúmenes de la Historia de San
Martín y de la
Emancipación Americana , editados por Eudeba en 1977 es,
entonces, algo importante para seguir el hilo de la narración que sigue a lo
largo y a lo ancho de estas páginas.
Pues como dice la cubierta
posterior de cada uno de esos tres tomos: “Como historiador, Mitre es el
primero que se preocupa por las fuentes, que reúne documentos, que forma
archivos, que hace historia científica en un ambiente en el que todavía la
historia era un medio de propaganda política o de justificación personal...Diez
mil documentos, casi totalmente inéditos, han pasado por sus manos para
escribir esta obra. Su lectura y apreciación requirieron la labor paciente y
sagaz de muchos años”.
Hoy, cuando tantos clones del
Libertador se proponen a la consideración del público con un conjunto
variopinto de intenciones, para quienes hemos tenido un contacto con su
proyecto político, el volver a leer e interpretar los textos que lo contienen -
o lo sospechan - y explicitar el
resultado de la pesquisa para hacer justicia al prócer, es un imperativo
categórico, pues como veremos más adelante, el vencedor de San Lorenzo contó con
nosotros, sus generaciones futuras, para que le hiciéramos la justicia que sus
contemporáneos le negaron.
Mitre en el tomo I de la obra señalada más arriba, en las
páginas 16 y 17 afirma:
...el gran ministro (Canning) se
decidió a reconocer este hecho (la independencia de las colonias españolas), y
pronunció en tal ocasión las memorables palabras que resonaron en los dos
hemisferios: “La batalla ha sido recia, pero está ganada. El clavo queda
remachado. La América
española es libre: Novus sœculorum nascitur ordo!”
La batalla de Ayacucho, ganada ocho
días antes de pronunciadas estas palabras en el opuesto hemisferio, respondió a
ellas, coronando el doble triunfo de la independencia sudamericana. Canning
pudo entonces exclamar: “He llamado a la vida a un nuevo mundo para restablecer
el equilibrio del antiguo””
Varias son las palabras que
llaman la atención en un primer análisis de contenido:
...el gran ministro se decidió a
reconocer este hecho
palabras que resonaron en los
dos hemisferios:
El clavo queda remachado.
La batalla de
Ayacucho, ganada ocho días antes de pronunciadas estas palabras en el opuesto
hemisferio, respondió a ellas, coronando el doble triunfo de la independencia
sudamericana
“He llamado a la vida a un nuevo mundo para restablecer el equilibrio
del antiguo”.
¿El “hecho” de la batalla de
Ayacucho necesitaba para ser importante, el reconocimiento, “la decisión” del
“gran ministro”?
¿Tan importante eran las
palabras del “gran ministro” que resonaban en los dos hemisferios?
¿Cuál es el doble triunfo de la
independencia sudamericana?
¿No es extraña la secuencia
temporal con la cual Mitre interpreta la sucesión “batalla de Ayacucho-palabras
de Canning”? ¿Qué influencias y proyectos permiten afirmar que algo que sucedió
antes (la batalla) responda a un evento posterior (las palabras)?
¿Qué tipo de dominio y sobre qué
y quiénes tenía tal hombre que podía “llamar a la vida a un nuevo mundo para
restablecer el equilibrio del antiguo”?
Para responder estas cuestiones
debemos completar las frases de Canning pues Mitre no reproduce todas
las palabras dichas por el ministro británico al conocer el triunfo final sobre
los españoles en el valle de Ayacucho el 9 de diciembre de 1824.
A lo largo y a lo ancho del territorio que supieron conquistar los
normandos a partir de la inolvidable batalla de Hastings se desarrolló una gran
discusión que se extendió hasta comienzos de la década de 1880 y que comenzó
alrededor de 1820 y su principal interrogante era sobre la naturaleza de la
expansión británica sobre los mares: dadas las consecuencias para la política
interna, la economía, los sacrificios, la corrupción y sus influencias sobre la
sociedad en general, ¿era o no era beneficiosa tal expansión?...¿hasta dónde
debía ser bienvenida y festejada? (Bernard
Semmel, The Rise of Free Trade Imperialism, Cambridge 1970 citado por
Martin Lynn, “British Policy, Trade, and Informal Empire in the Mid-Nineteenth
Century,The Nineteenth Century , el volumen III de la
Oxford History of the British Empire, editado
por Andrew Porter, p. 102).
“Yo puedo decir sin ningún falso orgullo...”– afirmaba Palmerston,
Secretario de Asuntos Exteriores en 848 – “que nosotros estamos a la cabeza
moral, social y política de la civilización. Nuestra tarea es liderar la forma
y la dirección de la marcha de otras naciones” . (W. Baring
Pemberton en Lord Palmerston, Londres, 1954, p.141 citado por Martin
Lynn, “British Policy, Trade, and Informal Empire in the Mid-Nineteenth Century,
p. 102).
Lo inusual de este debate es la forma
en la que fue acompañado, por lo menos desde las décadas de la mitad del siglo,
por un sentido de conciencia de la mayoría de la población británica sobre el
lugar del país en el mundo. el entonces Secretario de Asuntos Exteriores,
expresaba esto claramente en 1848 con su afirmación que Gran Bretaña lideraba
la marcha de la civilización. (Citado por). Tal optimismo sobre el lugar de Gran Bretaña en el mundo
reflejaba la convicción que el globo estaba siendo ‘renovado’ y ‘mejorado’, y
que los intereses británicos estaban en el corazón de esto. El objetivo del
imperio - que preocupa al informe del Comité de los Comunes de 1837 - es
otorgar a los pueblos del mundo “la oportunidad de llegar a ser copartícipes de
tal civilización, de ese inocente comercio, de ese conocimiento y de esa fe ,
valores otorgados por la graciosa Providencia para bendecir a nuestro propio
país” (Citado en Report from the select Committee on
Aborigines – British Settlements – P(arliamentary) P(apers) (1837) (425),
VII, p.76).
Tales sentimientos eran acompañados
por numerosos llamados a una mayor expansión de los intereses británicos sobre
los mares. La ostensible aspiración era lo que Palmerston denominó
“mejoramiento mundial” , aunque enlazadas con éste, estaban aclaradas y
conocidas, las intenciones de beneficiar, además, los intereses económicos
británicos. (Afirmado por Donald Southgate
en ‘The Most English Minister’: The Policies and Politics of Palmerston (London,
1966), p. 147). La naturaleza de esas ambiciones
geopolíticas es quizá mejor conocida en las famosas palabras de George Canning
en 1824: “Hispanoamérica es libre y si nosotros no manejamos tristemente mal
nuestros asuntos, ella es inglesa”, una proposición que sugiere la creencia que
el mundo se mueve en la dirección que fija Gran Bretaña y en concordancia con
ella. (Citado en H.W.V. Temperley, ‘The
Later American Policy of George Canning’, American Historical Review, XI
(1906), p. 796). Los comienzos del siglo diecinueve
produjeron llamados para abrir la
China a los intereses económicos británicos, la búsqueda de
una segunda India en África; y también para expandir el comercio británico en
el Sudeste Asiático y en el Medio Oriente.
Libre comercio, definido en el amplio
sentido de permitir el libre juego del mercado, fue visto como central en este
proceso de expansión. Libre comercio fue el vehículo para el “mejoramiento
mundial” así como para la expansión de los intereses económicos británicos
sobre los mares. Él fue el medio por el cual el rol británico en el mundo
podría ser mejor concretado. Pero todavía el valor de esa expansión sobre los
mares y el lugar del libre comercio en ella permaneció controversial,
particularmente durante los primeros años del siglo. En principio, el debate
sobre libre comercio fue un argumento sobre la naturaleza de la sociedad británica doméstica, el lugar en ella de la
tierra, el comercio, la industria, las finanzas y el rol del Estado en los
asuntos económicos. Sin embargo, las dimensiones ultramarinas sobre aquella
fueron claramente considerables. Los beneficios del libre comercio fueron
vistos como algo biaxial. Primero, él
permitiría el crecimiento de las manufacturas británicas. Él podría ayudar a
otros países adquirir ganancias a través de la creciente exportación de alimentos
y materias primas hacia Gran Bretaña y con ellas comprar las manufacturas
británicas. Él podría estimular la división internacional del trabajo, e
incrementar la ventaja comparativa británica para llegar a ser y permanecer
como “la fábrica mundial”.
Estrechamente vinculado con esto estaba
la segunda cara, el segundo eje, la segunda idea: la del capitalismo como una
fuerza moral. El libre comercio ayudaría a civilizar al mundo a través de la
difusión del emprender y de la ética del trabajo. Esto esta relacionado con las
ideas de progreso como un objetivo moral, definido extensamente en términos de
las normas culturales británicas. El crecimiento del comercio británico y las
inversiones sobre los mares fueron así vistos como un bien en sí mismo, por su
propio derecho, ellos llevaban consigo emprendimiento, progreso, y
civilización. El libre comercio inspiraría la regeneración moral, permitiendo a
las naciones mal encaminadas, las que iban hacia el atraso, el desarrollar
económicamente sus recursos y expulsar a las élites fuera de moda promoviendo
el desarrollo de clases capitalistas a través de las dimensiones morales de la
industria y la acumulación capitalista. Todo esto visto como un beneficio de
las áreas que recibían la intervención británica realizaran o no el desarrollo
moral del capitalismo. La ganancia británica era vista entonces como incidental
porque el libre comercio era en sí mismo beneficioso para todos. En este
sentido el libre comercio llegó a ser la quintaesencia de la primera visión
Victoriana del mundo, combinando compromiso moral con el material
autointerés”.
Esta extensa cita pertenece a Martin Lynn, Doctor en Filosofía, Profesor
de Historia Moderna en la Queen ’s
University de Belfast, autor de artículos sobre imperialismo informal en el
siglo diecinueve y las historia del comercio británico y del libro Commerce
and Economic Change in West Africa. Las frases transcriptas pertenecen a su trabajo British Policy,
Trade, and Informal Empire in the Mid-Nineteenth Century publicado en The
Nineteenth Century , el volumen III de la
Oxford History of the British Empire, editado
por Andrew Porter, p. 101-103. La traducción del inglés ha sido
hecha por autor de este libro.
Como podemos comprobar, Mitre, olvida una parte de la frase dicha
por Canning:
“..., ella es inglesa”
“Ella”, es
hispanoamérica.
Alan Knight – Doctor en Filosofía egresado de Oxford, Profesor de
Historia de Latinoamérica en la misma universidad, miembro del St. Antony’s
College y autor de los libros The Mexican Revolution (2 vols.) y U.S-Mexican
Relations, 1910-1940, entre otros, comienza su ensayo Britain and Latin
America publicado en The Nineteenth Century , el volumen III de la
Oxford History of the British Empire, editado
por Andrew Porter, p. 122 con estas palabras:
“Hispanoamérica es libre”, festejó
George Canning, el Secretario de Estado de Asuntos Extranjeros en 1824, “ y si
no manejamos tristemente mal nuestros asuntos, ella es inglesa”. (Cita en Wendy Hinde, George Canning (London,
1973), p. 368). Ahora casi un cliché, la cita ha servido regularmente para
justificar la inclusión de Latinoamérica dentro de la noción de imperialismo
informal británico. Historiadores imperiales, protagonistas de la teoría de la
dependencia y teóricos marxistas desde
Lenín han visto , en distintas maneras, la caída del imperio ibérico formal en
el Nuevo Mundo como el preludio del imperialismo informal británico. (Ver John Gallagher y Ronald Robinson, “The
Imperialism of Free Trade”, Economic History Review, VI, 1 (1953), pp
1-14; Philip J. O’Brien, “Dependency Revisited”, en Christopher Abel y Colin M.
Lewis, eds. Latin America, Economic Imperialism and the State (London,
1985), pp 49-69; Anthony Brewer, Markist Theories of Imperialism (London,
1980), chap.7).
También John Gallagher y Ronald Robinson nos ayudan a certificar
este “olvido no voluntario” de Bartolomé Mitre al citar en su “obra maestra”
sobre San Martín a la famosa frase del “gran ministro” George Canning.
Como vemos, estas palabras nos permiten "sospechar" que la pretendida "objetividad científica" de Mitre no fue tal, sino tan solo una investigación puesta al servicio de un proyecto político de subordinación al Imperio Británico.
Guillermo Compte Cathcart

No hay comentarios:
Publicar un comentario