Vivimos en una
región mutante: lo urbano y lo rural se integran, se rechazan y se someten a la
mediación artificial de organizaciones no gubernamentales y de los gobiernos,
municipal, provincial o nacional. (Como explícitamente lo dice la Unión Vecinal en un anuncio al ofrecer sus servicios como “gestor” ante
el municipio, la provincia o la nación).
Las esquinas de nuestros barrios son un
excelente testimonio del estado pasado – y actual - del escenario del conflicto entre la invasión
urbana y la resistencia desesperada de lo rural. Si bien hay zonas que
aparentemente han alcanzado un equilibrio que parece ser definitivo, debemos
recordar – dado que estamos sumergidos en una verdadera guerra cultural, “un
choque de civilizaciones”[1] – que
habitantes de los otros espacios recorren cotidianamente esos lugares que
parecen ser seguros.
Para interpretar
correctamente las señales de nuestra esquina, esa que elegimos todos los días
para ir y venir al mundo exterior, acudimos hoy a las letras de tangos, el
sitio por antonomasia de lo urbano para millones de porteños emigrados que hoy
poblamos el monstruoso Gran Buenos Aires. Ellas nos dirán qué eran las esquinas
para nuestros ancestros y , tal vez, nos enseñen qué debería ser para nosotros
esa encrucijada donde comienza a edificarse – como hemos visto con el ejemplo
de las panaderías del centro - la identidad barrial.
Mis padres
integraban dos familias numerosas. Por la rama materna, una tía y su familia,
una abuela con once hermanos y una multitud de sobrinos, un abuelazo (era el
segundo esposo de mi nona) con varias hijas y nietos de sangre. Por la rama
paterna, seis tíos y un ejército de primos belicosos.
Como la familia
de mi vieja era de origen italiano y la de mi viejo británica, sus costumbres
eran bien distintas. El campo de batalla era la comida y cada vez que se
encontraban, prácticamente todos los fines de semana, se desataba una verdadera
batalla culinaria.
Era cómico ver
cómo mi tío-padrino Gino – el cuñado de mi mamá – hacía un pollo al barro
mientras mi tío Raúl – el hermano mayor de mi padre – hacía un cordero al
asador y mi abuela pollitos en escabeche.
Algunos venían
en coches pero la mayoría venía en el tren.
Y para llegar a
casa seguían la “ruta” trazada por mi
progenitor: - “Cuando bajan caminan por el andén hacia la Capital , para atrás. Al
final, al pasar el cartel de “Longchamps”, cruzan la vía para el otro lado.
Levantan la vista y verán el obelisco. Hay un caminito[2] de
tierra y cuando llegan al monumento, siguen por la calle Rivadavia por la
vereda de la derecha, cinco cuadras, hasta llegar a la esquina de la casa
redonda. Ahí doblan a la derecha tres cuadras más. Respiran bien hondo y a
cincuenta metros, por el mismo camino y en la misma dirección, encontrarán mi
casa. En el frente hay un paraíso y un álamo que planté con los chicos, los
únicos arbolitos de la cuadra” – repetía una y otra vez a quienes querían
ingresar al contingente permanente de “extranjeros” que visitaba nuestro hogar
todos los viernes, sábados y domingos, para respirar el aire puro de Longchamps “la
segunda Córdoba”.
[1] Huntington, S. P. 1993. “The Clash
of Civilizations?”. Foreign Affairs 72,
3 y , especialmente, 1996, The Clash of
Civilizations and the Remaking of World Order, New York : Simon & Schuster. Es inquietante y claramente aplicable a nuestra
región su artículo en The New York Times,
publicado el 16 de Diciembre del año 1999, “A local front of a Global War”. En
español: “El Frente Local de una Gerra Global”, (citado por Gertjan Dijkink &
Hans Knippenberg). ¿Suena exagerado? No lo es. Quienes hemos vivido durante
nuestra vida en barrios en los cuales había una gran cantidad de extranjeros,
conocemos las profundas diferencias que
distinguían a cada cultura: desde la forma de saludar, de participar en la vida
comunitaria, el cuidado del jardín, la huerta, la plantación y poda de árboles,
las comidas, la atención a los animales domésticos, el respeto por las reglas
del fútbol en un simple picado, el tratamiento de los residuos domiciliarios y
las aguas servidas, etc., etc.
[2] “Que el tiempo ha borrado” como dice Mariano Mores en su famoso
tango.
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